Ya viví lo suficiente, ya que en mis dolores
Camino sin encontrar los brazos que me socorran,
Puesto que apenas me río de los niños que me rodean,
Puesto que ya no me alegran más las flores;
Puesto que en primavera, cuando Dios hace de la naturaleza una fiesta,
Yo asisto, espíritu sin dicha, a ese amor espléndido;
Puesto que yo estoy en el momento cuando el hombre huye del día,
¡Y, ay, siente la tristeza secreta de todo!
Puesto que la serena esperanza en mi alma está derrotada;
Puesto que en esta temporada de perfumes y rosas,
Yo pretengo, oh hija mía, ir a la sombra donde descansas,
Puesto que mi corazón está muerto, yo viví lo suficiente.
Yo no rechacé mi labor en la tierra,
¿Mi surco? Hélo allí. ¿Mi haz? Hélo ahí.
Siempre más tierno, yo viví sonriente
De pie pero inclinado hacia el lado del misterio.
Yo hice lo que pude; he servido, he envejecido,
Y frecuentemente vi con buenos ojos que se riera de mi pena.
Me sorprendí al ser objeto de odio,
habiendo tanto sufrido y tanto trabajado.
En esta cárcel terrestre donde ninguna ala se extiende,
Sin quejarme, sangrando y cayéndome sobre mis manos,
Taciturno, exhausto, humillado por galeotes humanos,
Yo cargué con mi eslabón de la cadena eterna.
Ahora mi mirada no se abre sino a medias;
Ya no vuelvo incluso cuando me llaman;
Estoy lleno de estupor y aburrimiento como el hombre
Que se levanta al alba y no ha dormido.
Ya ni siquiera me digno, dentro de mi sombría pereza,
A responder al envidioso cuya boca me perjudica.
¡Oh Señor! ábreme las puertas de la noche,
¡Para que así me vaya y desaparezca!
-Abril 1848